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es increible como un punto de nuestros destinos puede cambiar por completo la vida, siendo humano he estado en contacto a los designios de la sacra sociedad y objeto de la opinion publica, gustoso de saberme historiador y orgullozo de ser quien soy me presento, soy el que escribe y no sera leido, soy solo un hombre...

la historia de los hijos de la serpiente esta fragmentada, veran partes aisladas que tendran que unir con previos, de igual manera, no estan publicados con una cronologia estricta, las versiones ya acomodadas y completas podran ser consultadas en entradas posteriores. por su atencion gracias.

martes, 21 de septiembre de 2010

Kilantas, las asesina de hechiceros, parte tres


Magia de sangre
Aves de carroña

La luna menguante no emitía  luz alguna, pasaba de media noche y aun se escuchaba a las bestias asechar a sus presas en valle Wick-Balvon.
Para todos los usuarios de las artes arcanas, este lugar daba claridad y poder; la leyenda contaba que dos de los más grandes hechiceros: Paulo Wick y Tosmun Balvon tuvieron una de las más sangrientas batallas en defensa de sus respectivos cultos; ninguno sobrevivió.
El lago estaba turbio, algo pasaría en su orilla,  una figura esbelta y alada marcaba el suelo con un polvo gris,  no había expresión en su rostro, sin embargo el rojo de sus ojos mostraba cansancio. El avariel  se detuvo para observar el terreno con satisfacción, aun había que acomodar los cuerpos de sus colegas y el “sacrificio” para regresarlos.
Cada uno había tenido una muerte distinta: uno de ellos tenía manchones morados por todo su cuerpo, su cuerpo no pesaba mucho pues carecía de sistema digestivo; del segundo salían enormes murciélagos de su boca; el tercer afectado aun despedía el olor del azufre que deshizo sus huesos; del cuarto solo quedaba una masa de carne molida.
En el centro del área estaba una piedra de forma octagonal en donde  deposito los restos de la asesina, hecho un último vistazo al entorno para asegurarse que no había nada fuera de su lugar, hecho esto se dispuso a tomar posición. El ritual era peligroso, mortal para ser exacto, debía abrir el portal y ofrendar la mitad de su sangre  y un alma joven, solo así podría traer de regreso a sus colegas, ellos se encargarían de que el no muriera.
De rodillas comenzó a recitar los versos, un cantico sin ritmo ni belleza alguna y su entonación fluctuaba entre chillidos agudos y gritos, los animales huían ante el suceso sobrenatural, solo dos buitres volaban en círculos sobre la cabeza del mago, las rimas comenzaron a ser mas rápidas mientras alzaba una daga hacia su garganta; en un solo movimiento el acero penetro la tibieza de la carne…





Kilantas pudo ver como su vida se recreaba de nuevo mientras un hormigueo dominaba su cuerpo, se sentía viva y liviana pero no abrió los ojos, no sabía con certeza cuanto tiempo había estado inconciente, sin embargo eso no importaba, lo que realmente le interesaba era descubrir que eran los susurros que escuchaba. Se horrorizo al entender lo que pasaba.
La asesina conocía las condiciones para el hechizo, debía mantenerse alerta para saber cuándo atacar, no tenía armas y le faltaba concentración para intentar un conjuro, la adrenalina le hacía pensar con demasiada prisa, imaginaba lo que estaba ocurriendo…por fin la señal había llegado…

Duncan comenzaba a desvanecerse, la puñalada dolió mucho pero valía la pena, pronto su agonía traería a sus camaradas, de improviso los animales comenzaban a hacer un ruido que parecía una llamada de auxilio, el suelo comenzó a vibrar y  los cadáveres a elevarse, del altar rudimentario se abrió un hoyo negro que se tragaba todos los sonidos, estaba a punto de perder el conocimiento cuando los cuerpo de los magos comenzaron a volver a su estado normal mientras gemían. Regresaban a la vida.
El avariel cerró los ojos sintiendo las garras de la muerte cerca de su cuello, cuando los volvió a abrir el cuerpo de la asesina no estaba, intentó levantarse pero ya había perdido demasiada sangre, pasmado, clavo la mirada en los cuerpos de sus amigos, ya nada podía hacer.

La asesina rodo  a un costado del altar, sabía que si rompía la concentración de  Duncan podían ser absorbidos hacia el abismo, pero si los otros revivían no habría mas que hacer, ¡que maldita desesperación!, debe de haber algo que hacer, un forma, una…
-no pienses, confía- oyó kilantas dentro de su cabeza,  la voz de la diosa era ahora como una madre al cuidado de su travieso retoño,  esto no tranquilizo a la asesina, al contrario, estaba temblando y le hormigueaba el pecho, - ¡confiar! ¿Me crees imbécil?, ¡no tengo armas y ni soy estúpida para intentar intervenir en el conjuro¡,   ¡¿nos quieres a todos en el abismo?!
-je, que no estoy aquí yo que soy tu madre- dijo la diosa en tono burlón- bebe su sangre, que en la sangre estará su maldición.

A la asesina no le agrado la idea, siempre pensó que beber sangre era un insulto tanto para la víctima como al victimario, sin embargo no quedaba más que confiar en su nueva señora.
El avariel apenas consiente  dio cuenta que la asesina se acercaba, ya no quedaba nada, pero si moriría ahí ella se iría con él, su último suspiro seria la palabra de poder mortal. Kilantas se acerco de frente, con la precaución que tienen las bestias al encontrarse, sintió como la cálida sangre rozaba sus pies, lentamente se agacho y toco el liquido vital con un dedo, al ver la confusión del adversario puso la pequeña muestra de sangre en sus labios.
Unos segundos de calma que parecieron siglos, kilantas sintió un dolor punzante dentro de su boca que  se movía hacia sus pies, la sangre del suelo cambio de color a negro y de ella brotaban espinas, rápidamente se acercaba al atónito avariel, pronto su las púas comenzaban a insertarse en su carne, en su garganta, dentro de sus venas, en unos momentos incluso de sus ojos brotaban espinas. Su último aire jamás fue suspirado.
Los cadáveres cayeron inertes, pero el portal aun seguía activo. Kilantas lo sabia pero no podía moverse por la fascinación, se sentía poderosa, solo su diosa sabría las grandes cosas que harían con semejante poder. Mientras pensaba la asesina los buitres descendían hacia el altar, uno de ellos se acerco a comer parte de la cabeza del avariel,  mientras el portal se cerraba al aterrizar el último.
La asesina reía a carcajadas mientras el último buitre comenzó a tragarse a su compañero…

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