ATENCION!!! LEE ESTO...

es increible como un punto de nuestros destinos puede cambiar por completo la vida, siendo humano he estado en contacto a los designios de la sacra sociedad y objeto de la opinion publica, gustoso de saberme historiador y orgullozo de ser quien soy me presento, soy el que escribe y no sera leido, soy solo un hombre...

la historia de los hijos de la serpiente esta fragmentada, veran partes aisladas que tendran que unir con previos, de igual manera, no estan publicados con una cronologia estricta, las versiones ya acomodadas y completas podran ser consultadas en entradas posteriores. por su atencion gracias.

martes, 28 de septiembre de 2010

Caravana en el desierto ¡Temblad impíos!


Kode “el terrible”, cualquiera pensaría que se trataba de un malhechor, sin embargo se trataba del lugar más caliente del continente,  lugar de nómadas orcos y bestias espantosas…o eso recordaba Rudolf, en ese momento deseo haber puesto atención a los libros de geografía.
Ya llevaba tres días caminando, su orientación siempre fue mala ni siquiera podía saber si estaba perdido o si estaba precisamente en el mencionado desierto, sus rizos negros estaban hechos rastas  y el sudor le picaba todo el cuerpo, los jirones de su camisa pesaban cada vez mas mientras el sol se ponía.
Recordaba a Celia, su semblante fantasmal y su voz melodiosa le parecían iguales a las de una granjera de la cual ni su nombre recordaba, pero sí que pasaban los ocasos juntos, con su cabeza en el regazo de ella escuchando cantos tradicionales de las fiestas de verano, una sonrisa pícara afloraba cada vez que pasaba por su cabeza la idea.
De sus alucines hacía gala, le encantaba narrarse las historias de su vida, cada episodio, cada baile y reía cuando recordaba como en año nuevo estaba cayéndose de borracho, con ese animo y la cabeza agachada y la boca seca avanzaba. El yermo no parecía tener fin.


Por fin en el ambiente había un cactus, sonrió para si creyendo en que su suerte cambiaria, pronto estaría en un pueblo donde el nombre de los Manfort seria respetado y le llevarían  a su hogar…si es que aun existía; esto último le hizo un nudo en la garganta, lo que recordaba de esa noche no le garantizaba que aun tenia hogar, ni familia, sería un perro callejero. De repente no tenía ganas de regresar a la civilización, si tan solo supiera como sobrevivir en ese lugar…
Hacia un más o menos un mes  que Rudolf vagaba por el desierto sin más compañía que lagartos pequeños y espinosos arbustos que tenían frutos entre las ramas, estos eran su único alimento, ya casi anochecía y sentía que su estomago consumía los músculos de los que alguna vez se sintió orgulloso, la piel morena y tostaba le ardía con cualquier movimiento. Un ruido metálico le hizo voltear al norte…
Había seis guerreros dirigiéndose hacia él, tres de ellos ataviados con armaduras completas con sus respectivos caballos, el resto montados en camellos parecían heridos, sus lanzas estaban rotas y no parecían tener más armas ni algún emblema que les distinguiera.




Ya estando cerca del muchacho, el más adelantado le saludo alzando la mano, era un hombre blanco de mediana edad, sus ojos no eran visibles bajo las cejas  muy pobladas. Rudolf no atino a regresar el saludo, tenía la boca seca para hablar.
-no te molestes chaval, soy Mogo de la ciudadela de Kodem,- su voz era jovial y rasposa, le dio una alforja- ¡vamos bebe un poco debilucho! A tu edad ya recorría estos parajes como mi patio de juegos, ¿quieres regresar a la civilización?
Rudolf asentó con la cabeza, no quedaba más remedio que unirse a la expedición, monto sobre uno de los caballos, era blanco y viejo, a pesar de que sintió las ganas de comparar a la bestia con Mogo en broma se abstuvo, en su situación era la mejor montura del mundo. Relajado y con energía decidió contar su historia a sus compañeros, nadie más que Mogo le puso atención.
-valla que tenéis suerte de seguir vivo, pero yo he salido de peores-  dijo entre carcajadas el viejo, no dejaba de beber de otra alforja que Rudolf suponía que contenía agua ardiente -sin embargo chaval, tu destino no es con los telares, tienes cuerpo de guerrero y buena actitud, sabes ¿verdad?- el chico sonrió para sí, sabía bien que contestar- solo me interesa la batalla, el honor de la sangre y el acero es lo mío. Pronto me uniré a la facción de Fur-Xatas, el mencionar esto le dio un aire de orgullo a su semblante.



-pero lo que ahora deseas es la venganza verdad, ¿eso es parte de ser caballero?- la pregunta puso nervioso al muchacho, nunca le gusto discutir sobre temas morales, y menos cuando aparecen en sus objetivos- sí, creo…deberías de consultar eso con el gran maestre no conmigo.
Otra carcajada salió del guerrero, cada vez  que su risa  sonaba el terreno se volvía mas irreal, mas colorido, tal vez el agua ardiente hacia efecto ahora, el joven hablo- sabéis, yo siempre soñé en cabalgar al frente de mil hombres, con una espada apuntando al cielo y con la victoria esperándome- bebió otro sorbo al tiempo que lo hacia su compañero- pues bien hoy es tu día hijo
Los seis se colocaron en fila, intercalando caballo con camello, Mogo  cedió su montura  y comenzó a imitar a las trompetas de batalla, un ebrio y poco equilibrado Rudolf se preparo para hacerse  a la carga entre risas cortadas de sus compañeros. Parecía que todo reía, hasta las monturas.
De un solo golpe todos emprendieron  la estampida, parecía que  estaban dando vueltas en círculo, mientras Mogo decía entre carcajadas ¡temblad impíos! Rudolf sentía como la briza se volvía más cálida e insoportable, pero el furor le acogía con frio sudor del miedo a la batalla, su montura parecía doblarse ante el impulso.
De los otros nada se escuchaba ya, solo risas cada vez más fuertes, el corazón de Rudolf quería salirse del pecho para gritar junto a los otros ¡temblad impíos! Podía sentir como la piel del animal se calentaba, ya las espinosas setas no quedaba rastro.


De repente los yermos tomaron forma inclinada, parecía que bajaban un barranco a toda velocidad, el alcohol hacia que pareciera divertido y colorido para el chico, gritaba de emoción mientras sus camaradas y sus animales le seguían en pasos y acciones. Ese caballa viejo tenia parecía hervir,   lagrimas en los ojos del joven nublaban poco a poco su mente y sentía como unos ojos serpenteos se acercaban.
Las pezuñas del caballo parecían acero chocando con pedernal, las chispas saltaban hasta la cara del joven, en un instante el fuego comenzó a apoderarse del cuerpo de las bestias, ante los sorprendidos ojos de Rudolf, giro la cabeza hacia sus camaradas mientras contemplaba como se consumían ante las llamas, esqueletos carbonizados de monturas y hombres.
El blanco pelaje de su caballo se prendo con las chispas,  comenzaba a volverse negro y naranja como las brasas de la caldera, del hocico salían llamas, sus ojos se volvieron negros y  su cuerpo parecía cada vez más atlético, una bestia en verdad, el muchacho ya sentía volar como decían de los héroes de leyenda.
Amanecía ya en pos de su cabalgata, de los compañeros y su caballo no quedo nada, solo una risa molesta y aguardentosa cantando desafinadamente ¡temblad impíos!

EL PRIMOGENITO


-¡Corre, por favor hijo olvídate de tu vida!- era uno de los recuerdos vagos que inundaban la mente de  Rudolf, la casa estaba en llamas y su padre estaba forcejeando con un goblin, otro se abalanzaba sobre su madre con una daga en la mano, los troll de las montañas hacían añicos todo a su  paso.
 Él  era el único que no estaba en acoso, debía de ayudarles. Tomo la espada que adornaba la sala y  avanzo hacia los agresores, atacando por la espalda,  logro atravesar la cabeza de un mercenario, pero cuando sacaba el acero de la carne un enorme puño le golpeo haciendo que perdiera parcialmente el conocimiento.
¿Después?…después…no recordaba, solo sabía que corrió, salto, se arrastro y ahora caminaba, solo, sin aliento.  Una briza matinal le recibía de frente, sus brazos estaban totalmente arañados y sus piernas le ardían, ante sus ojos se erguía una montaña  desconocida para él, instintivamente comenzó a caminar sin pensar en mas.
Ninguna fabula podría describir el paisaje que estaba recorriendo, paso diversos riachuelos y un gran lago en donde el agua parecía tomar color rosado, el trinar de las aves se confundía con el susurro de los arboles, ardillas y conejos se atravesaban en el recorrido del muchacho. Nada de esto importo al chico.

Sintió cosquillas en el cuello, era las plumas de un ave que se había postrado en su hombro derecho, su plumaje de un naranja alegre le hizo sonreír vagamente, ahora le ponía más atención a su entorno que, en realidad no le sorprendía, estaba perdido desde hace…¿Cuánto tiempo?.
Al paso de unos minutos empezó a disfrutar del lugar, nunca fue de su agrado los lugares fríos, pero eso estaba bien; era mejor a no sentir nada,  una presencia le arrebato ese sopor que le invadía, a su lado una mujer elfa caminaba con un gran canasto lleno de manzanas, no le sorprendió, los elfos se mueven muy silenciosamente por los bosques, eran grises sus cabellos y su figura más robusta de lo normal en su raza, tez con surcos como los de la tierra  y sudor resaltaban su larga juventud.
Pasaron unos largos segundos para  que decidiera hablar, en un principio no pudo articular palabra, se aclaro la garganta y volvió a intentar- disculpadme mi señora, ¿Quién es usted?- no reconoció su propia voz, era más grave de lo normal.
-soy solo un invento de tu imaginación, puedo ser un plebeyo o rey, como tu desees-dejo sin ánimos la mujer, su voy no parecía dar más expresión que la de un muñeco de trapo, dejo un suspiro de desdén en el aire.
Sorprendido por la respuesta pensó en reírse a carcajadas,  la sensación de veracidad en las palabras de la elfa le hizo desechar la idea, la situación le parecía divertida, hilarante, se divertiría con eso un rato mientras averiguaba más del lugar.
-está bien, te llamare Celia- dijo en tono burlón- y bien Celia ¿qué hacemos aquí?, ¿me llevaras a la antigua corte para que me entrenen para montar grifos?
-es tu ambición ¿no?,  pero dime ¿Qué fue de tu honor?, yo te contestare: nada, tu familia ha muerto por que en vez de un valiente joven tuvieron un niño torpe que no supo esquivar el torpe golpe de un troll…!patético¡- volteo a ver a los ojos al joven, sus azules pupilas parecían mofase del muchacho con el solo hecho de mirarlo.
El alma de Rudolf se estrujo, sudor frio recorrió su cuerpo al escuchar la palabra honor, recordó que desde su niñez respetaba esa palabra, pero al ser mencionada ahora se pregunto ¿Qué es eso?, se imagino a el mismo bañando un caballo pensando que es un perro. En lo más profundo de su alma revolvía argumentos para convencer a Celia de que estaba equivocada. Nada consiguió, solo deseos de abofetear  a su aparición.
-Rudolf, sabes porque me imaginas- rompió sus cábalas la elfa, el aludido  intento simular demencia, a pesar de que ya sabía la respuesta en su interior-si, eres mi conciencia, aunque en realidad te convertiría en mi diosa.
La elfa sonrió de buena gana- no puedo ser  real, pero necesitaras esperanza, mucha más de la que crees-se inclino para recoger una manzana verde que coloco en su canasto.

-sí, quiero venganza después de todo, se lo debo a mi familia, ya lo veraz, se sentirán orgullosos de mi, y tu también, hare que mi diosa se enaltezca con mis proezas- el rostro de Rudolf se ilumino. La esperanza rodeaba  a sus entrañas, pensó que tal vez llegaría a  su alma.
 Si los inmortales también necesitamos esperanza-   y se desvaneció sin dejar mas rastro ante la sorpresa de Rudolf, también se fue el bosque, se encontraba  en un desierto ya conocido, lo llamaban Kode.
Ya no había vuelta atrás, debía seguir caminando por du venganza y su honor, con las palabras de Cecilia como estandarte: los inmortales necesitamos esperanza.

INMERSO EN TELARES


                                        
-¡Eh, chiquillo, a levantarse que vuestras obligaciones esperan!- la aspereza de la voz de la mujer era tan devastadora en la cabeza del jovencito como un golpe de un martillo, Rudolf, aun soñoliento,  se levanto en cuestión de unos minutos, la cerveza era su peor enemiga, por lo menos en este momento, pero ¡qué podía hacer un joven de apenas dieciséis  años en un lugar tan aburrido como Silician!, como añoraba estar en esos lugares tan exóticos que escuchaba de Moriel, el elfo bardo.
Rudolf Manfort, oriundo de Silician, hijo de uno de los más acaudalados comerciantes de esta población,  un titulo que ostentaba con casi tanto orgullo como su negra cabellera larga hasta los hombros, que por el momento  estaba hecho una enredadera; la noche anterior en la taberna “el tarro enano” había sido brutal, había bebido hasta desfallecer, lo único que deseaba era un buen baño caliente.
Se dirigió al estanque con mirada perdida y con un mar de confusión en la cabeza, el agua caliente tuvo el efecto de tranquilidad y de relajación que él esperaba, es casi mágica, pensó el muchacho, ya era la  hora para el trabajo diario, al taller.
La residencia Manfort era grande y  algo austera, sin embargo todos la conocían por su acogedor ambiente, situada en una colina carecía de un jardín propio ya que las flores y la hierba dominaban casi todo el suelo, no había adorno alguno en la puerta que era una pesada plancha de madera de roble de unos 40 centímetros de ancho, pocas habitaciones ya que la familia no era numerosa ( y para no gastar demás) lo único que resaltaba en la construcción era el taller, un cuartucho cuadrangular  de diecisiete  metros de lado, este ultimo tenía un letrero en la puerta que decía “ por cada tela, un rey” una frase que tenía todo un código para el padre de Rudolf, Donsat Manfort, pero para el chico era una tontería que se le ocurrió a su padre mientras estaba osioso.

El taller, que en su niñez era al lugar perfecto para pasar el día, hoy de lo más obsoleto, trabajar con su padre es la tortura que ni siquiera un minotauro ebrio aceptaría; “el trabajo duro te llevara a la cima hijo, la tela domina el mundo” se mofaba mentalmente, ¡quien en con cerebro pensaría eso! no hay mejor poder que el de mi espada; era lo que se discutía entre padre e hijo todos los días.
 Largo fue el día, Rudolf tenía un gran deseo de no regresar nunca, pero vivir solo en una casa y comer todos los días es muy caro. Era la hora de cenar y en el comedor de los Manfort no había más de un tema de conversación, Donsat, como todo hombre de negocios, se daba gusto en hablar sobre ganancias y pérdidas, arrastrando a su único hijo y su esposa Catherine a una noche aburrida, una más en el mes…
-Te lo digo hijo, esos imbéciles de Carston se ha obstinado a comprar nuestro taller-decía Donsat mientras mordía una pata de conejo asada- ¡quieren dejarnos en la ruina!
- ¡Bah!, lo mismo se decía hace tres años padre, pero nada ocurrirá- respondió con desdén el joven.
- Me preocupa esto- dijo con tono apagado Catherine- hay rumores de que han contratado asesinos, troll y orcos para atacar, tal vez sea a nosotros a quienes buscan-
-Mejor aún,  una batalla es lo único que necesito- pensó Rudolf mientras veía la antigua espada que estaba en una repisa de la estancia, soñaba con atravezar a una bestia con su arma y haciendo lo mismo con muchos más, aniquilando un ejército, es más, acabando con todo un reino y millones de voces coreando alabanzas hacia él, como esos héroes de antaño de los que hablaba aquel elfo…

Aunque la conversación no abandono el tema siguieron muy animados, mientras unos ojos porcinos vigilaban desde la ventana exterior, preparado para atacar.


LOS HIJOS DE LA SERPIENTE


Sentado una enorme silla, deformada por las grandes décadas de olvido en el abismo, el antiguo y enorme mago,  solo, enclaustrado en sus cavilaciones más profundas, no dio cuenta que se acercaba una joven de cabello castaño, su tez tenía un brillo casi espeluznante,  su grandes atributos físicos denotaban su vida, tan llena de lujos, la templanza de los ojos cafés era casi tempestuosa.
-vuestra serenidad nunca llega ¿verdad? Anciano- pregunto Kilantas mientras sus ojos se tornaban en pequeñas rendijas de ardiente fuego -¡bah! Esto no tiene nada que ver con esa estupidez, querida, tienes cosas mejores que hacer que entretenerte que con un despojo que ni siquiera la muerte quiere tener cerca- el anciano nigromante prosiguió- la vida de un gigante confesor es larga, mas no grata, te he enseñado lo que se, ya has aprendido a controlarte, ¡qué quieres de mi!.
-Nada, vuestra vida me es irelevante, sin embargo, la gran serpiente necesita a alguien que tenga los conocimientos, ya deberías tener un discípulo, ¿Qué es lo que tramas Delortus?- un gesto de enojo y un leve destello amarillo salieron del rostro de la mujer de escasos 18 años de vida al recargarse en la ventana.
- El llegara muy pronto la gran ciudad  de Silician, lo verá nacer, tal y como la profecía lo predijo, el regresara a nuestra diosa a este plano y nosotros ya no seremos los perseguidos…-
Ambos se dirigieron hacia el balcón, la luna deslumbraba en su cuarto creciente, el gran puerto de East-port, los barcos con grandes alas negras se veían a kilómetros, la invasión comenzaría, mientras en el firmamento la neblina bajaba poco a poco, con ese color…amarillo.