-¡Corre, por favor hijo olvídate de tu vida!- era uno de los recuerdos vagos que inundaban la mente de Rudolf, la casa estaba en llamas y su padre estaba forcejeando con un goblin, otro se abalanzaba sobre su madre con una daga en la mano, los troll de las montañas hacían añicos todo a su paso.
Él era el único que no estaba en acoso, debía de ayudarles. Tomo la espada que adornaba la sala y avanzo hacia los agresores, atacando por la espalda, logro atravesar la cabeza de un mercenario, pero cuando sacaba el acero de la carne un enorme puño le golpeo haciendo que perdiera parcialmente el conocimiento.
¿Después?…después…no recordaba, solo sabía que corrió, salto, se arrastro y ahora caminaba, solo, sin aliento. Una briza matinal le recibía de frente, sus brazos estaban totalmente arañados y sus piernas le ardían, ante sus ojos se erguía una montaña desconocida para él, instintivamente comenzó a caminar sin pensar en mas.
Ninguna fabula podría describir el paisaje que estaba recorriendo, paso diversos riachuelos y un gran lago en donde el agua parecía tomar color rosado, el trinar de las aves se confundía con el susurro de los arboles, ardillas y conejos se atravesaban en el recorrido del muchacho. Nada de esto importo al chico.
Sintió cosquillas en el cuello, era las plumas de un ave que se había postrado en su hombro derecho, su plumaje de un naranja alegre le hizo sonreír vagamente, ahora le ponía más atención a su entorno que, en realidad no le sorprendía, estaba perdido desde hace…¿Cuánto tiempo?.
Al paso de unos minutos empezó a disfrutar del lugar, nunca fue de su agrado los lugares fríos, pero eso estaba bien; era mejor a no sentir nada, una presencia le arrebato ese sopor que le invadía, a su lado una mujer elfa caminaba con un gran canasto lleno de manzanas, no le sorprendió, los elfos se mueven muy silenciosamente por los bosques, eran grises sus cabellos y su figura más robusta de lo normal en su raza, tez con surcos como los de la tierra y sudor resaltaban su larga juventud.
Pasaron unos largos segundos para que decidiera hablar, en un principio no pudo articular palabra, se aclaro la garganta y volvió a intentar- disculpadme mi señora, ¿Quién es usted?- no reconoció su propia voz, era más grave de lo normal.
-soy solo un invento de tu imaginación, puedo ser un plebeyo o rey, como tu desees-dejo sin ánimos la mujer, su voy no parecía dar más expresión que la de un muñeco de trapo, dejo un suspiro de desdén en el aire.
Sorprendido por la respuesta pensó en reírse a carcajadas, la sensación de veracidad en las palabras de la elfa le hizo desechar la idea, la situación le parecía divertida, hilarante, se divertiría con eso un rato mientras averiguaba más del lugar.
-está bien, te llamare Celia- dijo en tono burlón- y bien Celia ¿qué hacemos aquí?, ¿me llevaras a la antigua corte para que me entrenen para montar grifos?
-es tu ambición ¿no?, pero dime ¿Qué fue de tu honor?, yo te contestare: nada, tu familia ha muerto por que en vez de un valiente joven tuvieron un niño torpe que no supo esquivar el torpe golpe de un troll…!patético¡- volteo a ver a los ojos al joven, sus azules pupilas parecían mofase del muchacho con el solo hecho de mirarlo.
El alma de Rudolf se estrujo, sudor frio recorrió su cuerpo al escuchar la palabra honor, recordó que desde su niñez respetaba esa palabra, pero al ser mencionada ahora se pregunto ¿Qué es eso?, se imagino a el mismo bañando un caballo pensando que es un perro. En lo más profundo de su alma revolvía argumentos para convencer a Celia de que estaba equivocada. Nada consiguió, solo deseos de abofetear a su aparición.
-Rudolf, sabes porque me imaginas- rompió sus cábalas la elfa, el aludido intento simular demencia, a pesar de que ya sabía la respuesta en su interior-si, eres mi conciencia, aunque en realidad te convertiría en mi diosa.
La elfa sonrió de buena gana- no puedo ser real, pero necesitaras esperanza, mucha más de la que crees-se inclino para recoger una manzana verde que coloco en su canasto.
-sí, quiero venganza después de todo, se lo debo a mi familia, ya lo veraz, se sentirán orgullosos de mi, y tu también, hare que mi diosa se enaltezca con mis proezas- el rostro de Rudolf se ilumino. La esperanza rodeaba a sus entrañas, pensó que tal vez llegaría a su alma.
Si los inmortales también necesitamos esperanza- y se desvaneció sin dejar mas rastro ante la sorpresa de Rudolf, también se fue el bosque, se encontraba en un desierto ya conocido, lo llamaban Kode.
Ya no había vuelta atrás, debía seguir caminando por du venganza y su honor, con las palabras de Cecilia como estandarte: los inmortales necesitamos esperanza.
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