ATENCION!!! LEE ESTO...

es increible como un punto de nuestros destinos puede cambiar por completo la vida, siendo humano he estado en contacto a los designios de la sacra sociedad y objeto de la opinion publica, gustoso de saberme historiador y orgullozo de ser quien soy me presento, soy el que escribe y no sera leido, soy solo un hombre...

la historia de los hijos de la serpiente esta fragmentada, veran partes aisladas que tendran que unir con previos, de igual manera, no estan publicados con una cronologia estricta, las versiones ya acomodadas y completas podran ser consultadas en entradas posteriores. por su atencion gracias.

martes, 28 de septiembre de 2010

INMERSO EN TELARES


                                        
-¡Eh, chiquillo, a levantarse que vuestras obligaciones esperan!- la aspereza de la voz de la mujer era tan devastadora en la cabeza del jovencito como un golpe de un martillo, Rudolf, aun soñoliento,  se levanto en cuestión de unos minutos, la cerveza era su peor enemiga, por lo menos en este momento, pero ¡qué podía hacer un joven de apenas dieciséis  años en un lugar tan aburrido como Silician!, como añoraba estar en esos lugares tan exóticos que escuchaba de Moriel, el elfo bardo.
Rudolf Manfort, oriundo de Silician, hijo de uno de los más acaudalados comerciantes de esta población,  un titulo que ostentaba con casi tanto orgullo como su negra cabellera larga hasta los hombros, que por el momento  estaba hecho una enredadera; la noche anterior en la taberna “el tarro enano” había sido brutal, había bebido hasta desfallecer, lo único que deseaba era un buen baño caliente.
Se dirigió al estanque con mirada perdida y con un mar de confusión en la cabeza, el agua caliente tuvo el efecto de tranquilidad y de relajación que él esperaba, es casi mágica, pensó el muchacho, ya era la  hora para el trabajo diario, al taller.
La residencia Manfort era grande y  algo austera, sin embargo todos la conocían por su acogedor ambiente, situada en una colina carecía de un jardín propio ya que las flores y la hierba dominaban casi todo el suelo, no había adorno alguno en la puerta que era una pesada plancha de madera de roble de unos 40 centímetros de ancho, pocas habitaciones ya que la familia no era numerosa ( y para no gastar demás) lo único que resaltaba en la construcción era el taller, un cuartucho cuadrangular  de diecisiete  metros de lado, este ultimo tenía un letrero en la puerta que decía “ por cada tela, un rey” una frase que tenía todo un código para el padre de Rudolf, Donsat Manfort, pero para el chico era una tontería que se le ocurrió a su padre mientras estaba osioso.

El taller, que en su niñez era al lugar perfecto para pasar el día, hoy de lo más obsoleto, trabajar con su padre es la tortura que ni siquiera un minotauro ebrio aceptaría; “el trabajo duro te llevara a la cima hijo, la tela domina el mundo” se mofaba mentalmente, ¡quien en con cerebro pensaría eso! no hay mejor poder que el de mi espada; era lo que se discutía entre padre e hijo todos los días.
 Largo fue el día, Rudolf tenía un gran deseo de no regresar nunca, pero vivir solo en una casa y comer todos los días es muy caro. Era la hora de cenar y en el comedor de los Manfort no había más de un tema de conversación, Donsat, como todo hombre de negocios, se daba gusto en hablar sobre ganancias y pérdidas, arrastrando a su único hijo y su esposa Catherine a una noche aburrida, una más en el mes…
-Te lo digo hijo, esos imbéciles de Carston se ha obstinado a comprar nuestro taller-decía Donsat mientras mordía una pata de conejo asada- ¡quieren dejarnos en la ruina!
- ¡Bah!, lo mismo se decía hace tres años padre, pero nada ocurrirá- respondió con desdén el joven.
- Me preocupa esto- dijo con tono apagado Catherine- hay rumores de que han contratado asesinos, troll y orcos para atacar, tal vez sea a nosotros a quienes buscan-
-Mejor aún,  una batalla es lo único que necesito- pensó Rudolf mientras veía la antigua espada que estaba en una repisa de la estancia, soñaba con atravezar a una bestia con su arma y haciendo lo mismo con muchos más, aniquilando un ejército, es más, acabando con todo un reino y millones de voces coreando alabanzas hacia él, como esos héroes de antaño de los que hablaba aquel elfo…

Aunque la conversación no abandono el tema siguieron muy animados, mientras unos ojos porcinos vigilaban desde la ventana exterior, preparado para atacar.


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